miércoles, 30 de mayo de 2012

William Gladstone y Benjamin Disraeli fueron dos acérrimos rivales políticos a finales del siglo XIX.



Carisma, encanto y liderazgo. Benjamin Disraeli
Carisma, encanto y liderazgo. Benjamin Disraeli
 Sus épicas batallas por el control del Imperio Británico destacaron por la intensa animosidad que rodeó su relación tanto en la arena pública como en sus vidas personales. Ambiciosos, poderosos y astutos políticamente, ambos hombres fueron intensos competidores y maestros políticos. Aunque ambos obtuvieron grandes éxitos, la cualidad esencial que les separaba como líderes era su forma de aproximarse a la gente.

Esta diferencia queda patente tras el relato de una joven mujer que cenó con ambos en noches consecutivas. Cuando fue preguntada al respecto de la impresión que obtuvo de ambos dijo: “Cuando dejé el comedor tras haber estado con el señor Gladstone, pensé que era el hombre más inteligente y astuto de Inglaterra. Ahora bien, tras haber cenado con el señor Disraeli, pensé que era la mujer más inteligente de Inglaterra”.

Lo que distinguía a Disraeli de Gladstone era el carisma. Disraeli poseía un encanto personal del cual carecía su rival. Su atractivo personal atraía amigos y creaba impresiones favorables entre sus conocidos. A lo largo de toda su carrera, el carisma de Disraeli le proporcionó una ventaja sobre Gladstone.

De entre todos aquellos atributos esenciales del liderazgo, quizás sea el carisma aquello que menos entendamos. A primera vista, el carisma parece ser una energía invisible o un magnetismo atrayente. No se puede negar su presencia, pero es difícil apuntar su origen. Hay algunos que piensan que el carisma es una cualidad con la que se nace. Está integrada en ciertas personalidades y completamente ausente en otras.
 
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Slavoj Žižek: El filósofo de la anarquía


Se nutre por igual de Rousseau, Kafka o David Lynch. El venerado pensador de la era pospop visita el Festival de las Letras de Bilbao con sus provocativas reflexiones.
Una vez pregunté a un amigo filósofo cuál era la importancia de Slavoj Žižek en el pensamiento contemporáneo. Su respuesta fue esta: "¿Recuerdas aquel episodio de Los Simpson en el que Bart se presenta a delegado de clase? Su contrincante, el típico alumno aplicado, siente que va a perder y recurre a la campaña negativa usando el eslogan 'Con Bart llegará la anarquía'. Simpson contraataca haciendo suya la frase '¡Con Bart llegará la anarquía!'. Algo parecido pasa con Žižek". El profesor esloveno tiene un discurso adictivo donde se mezclan política, psicoanálisis, lucha de clases, taquillazos de Hollywood y algún chiste grueso. Una estrategia efectiva para devolver la filosofía al público masivo que podremos comprobar el jueves 7 de abril en su visita al Festival Internacional de las Letras que organiza AlhóndigaBilbao.
"No soy un ingenuo, ni un utópico; sé que no habrá una gran revolución"
EP3. En su libro El acoso de las fantasías (1997) explica que los medios audiovisuales pueden emborronar nuestra percepción de la realidad. ¿Qué opina de la aparición de la redes sociales?
Slavoj Žižek. Muchos se quejan de que Twitter o Facebook son comunidades artificiales, sucedáneos de la interacción humana cara a cara. Yo celebro estas comunidades artificiales; te permiten escapar de tu lugar asignado en la sociedad. Imagina vivir en un país como Arabia Saudí. Yo me sentiría liberado usando Twitter.
EP3. Muchos medios atribuyen a estas redes un papel importante en movimientos de protesta actuales. ¿Está de acuerdo?
S. Z. Me interesan más otras cosas. Por ejemplo, los conceptos de posible e imposible. Hoy cualquiera con dinero puede viajar al espacio, cada mes anuncian descubrimientos contra algún tipo de cáncer, incluso se habla de avances para alcanzar la inmortalidad. Al mismo tiempo, en cada telediario, salen políticos y economistas explicando que no hay dinero para mantener la Seguridad Social. Vivimos una época que promueve los sueños tecnológicos más delirantes, pero no quiere mantener los servicios públicos más necesarios.
EP3. ¿Qué postura toma frente a esto?
S. Z. No estoy en contra del capitalismo en abstracto. Es el sistema más productivo en la historia. Me considero comunista, aunque el comunismo no sea ya el nombre de la solución, sino el del problema. Hablo de la lucha encarnizada por los bienes comunes. Las corporaciones intentan privatizar los recursos naturales, la biogenética o los conocimientos. El capitalismo actual se mueve hacia una lógica de apartheid, donde unos pocos tienen derecho a todo y la mayoría son excluidos.
EP3. Su último libro, Living in the end times (2010), explora nuestra negativa a aceptar que el mundo está al borde del colapso. ¿Qué nos impide tomar verdadera conciencia?
S. Z. Nos gustan las respuestas sencillas. En vez de pensar sobre la estructura del sistema, nos refugiamos en cuestiones morales. El anticapitalismo es muy popular entre las grandes estrellas de Hollywood. Todos están en contra de alguna compañía que explota niños o que contamina el medio ambiente. Hacen estas cosas para calmar su conciencia individual. Me opongo por completo a lo que suele llamarse estilo de vida ecologista. Hablo de la gente que recicla, tiene paneles solares y compra comida orgánica. Leí hace poco un informe que demuestra que si todos siguiéramos esas pautas de consumo provocaríamos una catástrofe, ya que los artículos ecológicos son mucho más caros de producir.
EP3. ¿Cuál es la alternativa?
S. Z. La solución que ofrecían era que la mayor parte posible de la humanidad viviera apiñada en grandes ciudades. Así, todos los servicios serían más baratos. El sueño de todos de la casita en el campo o en las afueras puede acabar en cataclismo.
 

EP3. ¿Hay que replantearse todo?
S. Z. Hay que ser más hedonistas. El problema es que no nos centramos en lo que realmente nos satisface. Estamos atrapados en una competición malsana, una red absurda de comparaciones con los demás. No prestamos suficiente atención a lo que nos hace sentir bien porque estamos obsesionados midiendo si tenemos más o menos placer que el resto. En estos casos extremos, me gusta recurrir a los clásicos. Por ejemplo, Rousseau. Él veía el egoísmo como algo saludable. El único límite que ponía es que no es legítimo preferir el bien propio si causa un mal a otros. Los capitalistas actuales son fanáticos religiosos que defienden sus beneficios aunque traigan la ruina para millones de personas.
EP3. ¿Qué movimientos sociales sigue?
S. Z. No está todo tan mal como pintan mis libros. Me han sorprendido las revueltas en el norte de África. Europa nunca ha creído que los árabes fueran capaces de hacer una revolución democrática a gran escala, independiente de valores religiosos. Ahora mismo estoy en Londres y tenemos una huelga masiva en la educación superior. El Plan Bolonia es una catástrofe. La derecha quiere suprimir las humanidades. En vez de pensadores, quieren convertirnos en expertos que cumplan los encargos que las élites plantean. Me parece importante defender que los grandes problemas nos conciernen a todos. La derecha debería estar en contra del Plan Bolonia. Convertir la Universidad en una empresa es mucho más peligroso para Europa que el fundamentalismo islámico.
EP3. Ha dicho que si pudiera viajar en el tiempo escogería el siglo XIX para poder ser alumno de Hegel.
S. Z. Él demostró que cuando persigues una cosa se puede convertir en la contraria. En Occidente queremos libertad y dignidad, pero estamos dispuestos a abolirlas en nombre de esa misma búsqueda. Otro ejemplo: tenemos más poder que nunca sobre la naturaleza, pero nunca hemos estado más expuestos a catástrofes ecológicas.
EP3. ¿Cuál es el objetivo de sus libros?
S. Z. Me encanta una anécdota, seguramente apócrifa, de la Primera Guerra Mundial. Un puesto militar alemán escribe un telegrama a sus aliados austriacos: "Aquí la situación es seria, pero no catastrófica". La respuesta dice : "Aquí la situación es catastrófica, pero no seria". Esta última frase define nuestra época. Nos cuesta tomar en serio la debacle a la que nos enfrentamos. No soy un ingenuo, ni un utópico; sé que no habrá una gran revolución. A pesar de todo, se pueden hacer cosas útiles, como señalar los límites del sistema. Muchos sabemos que unas cuantas reformas no van a sacarnos del atolladero.
EP3. Es conocida su habilidad para explicar el concepto más denso con una metáfora de la cultura popular. ¿Qué contenidos pop le interesan más ahora?
S. Z. Me gustan las nuevas teleseries. Los Soprano o Mujeres desesperadas me parecen demasiado pretenciosas. The Wire, en cambio, fue un diálogo con los espectadores sobre problemas urbanos. En realidad mi favorita es Héroes. Trata de un grupo de marginados, cada uno con un poder distinto, que se unen para fabricar una sociedad alternativa. Hay que encontrar nuevas formas de conciencia.
Žižek ofrecerá una conferencia el 7 de abril, a las 18.30, en el festival Gutun Zuria. www.alhondigabilbao.com

La cruel fabulación de los “cuentos infantiles” alemanes

Niños que ven amputado el dedo que chupan o que mueren si no comen su sopa, que se queman hasta la carbonización si juegan con cerillos o pierden los ojos de tanto llora, son algunas de las historias para antes de dormir que un médico alemán compiló para su hijo de 3 años.
Durante cierta época los así llamados “cuentos infantiles” sirvieron como vehículos de la educación y la disciplina, del conocimiento transmitido con supuesta sutileza sobre asuntos que nos siempre es fácil tratar entre niños y adultos (por ejemplo “Caperucita Roja”, que varios investigadores han ligado con las enseñanzas sobre la menstruación).
El siglo XIX, rico en expresiones que oscilan entre la perversidad y las buenas maneras, tiene también ejemplos de cuentos infantiles que a la luz de nuestros valores contemporáneos creeríamos excesivos para la percepción de un niño. Descontando el hecho de que quizá en nuestra época seamos más timoratos, parece difícil creer que miembros sangrantes y personas ardiendo hasta quedar reducida a cenizas sean, por decirlo de algún modo, apropiadas para la imaginación infantil.
Las imágenes que presentamos forman parte del Struwwelpeter, una colección de cuentos para dormir reunida por Heinrich Hoffman en 1845, un médico de Frankfurt que escribió las historias luego de que una Navidad no encontró nada que regalarle a su hijo de tres años. El tomo tuvo además cierto éxito hasta bien entrado el siglo XX, cuando algunos padres todavía consideraban las perturbadoras escenas realmente formativas para los niños.
Aquí una breve muestra del contenido de Struwwelpeter. Que nuestros lectores juzguen qué tipo de sueños tendría un niño con estas historias.

 
“Pedro Cabeza-Erizada”: una fábula sobre lo que la falta de higiene corporal podría desencadenar

“La terrible historia de Harriet y los cerillos”. El título y la imagen son suficientemente elocuentes entre sí sobre el destino de la niña

“La historia del hombre que fue a tirar”

“La historia de un pequeño chupa-pulgares”: porque quizá en el siglo XIX esto es lo más probable que le pasara a los niños que se chuparan el dedo

“La historia de Augusto, que nunca quería sopa”: si no comes, mueres; así de sencillo

“La niña que lloró hasta perder sus ojos”

“La pequeña glotona”, que tuvo su merecido al intentar comer miel directamente de la colmena
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