martes, 25 de septiembre de 2012

La Autopista de la Selva

De Brasil a Perú pasando por Bolivia. Del océano Pacífico al Atlántico. La súper carretera construida para agilizar el comercio con países asiáticos, desafía los equilibrios naturales y sociales.


Foto:  CONNECTAS 
 
 La carretera también ha servido para la migración irregular, es el caso de 102 haitianos: viajaron en pequeños grupos desde Puerto Príncipe a República Dominicana, Panamá, Ecuador. Luego por carretera y con el pago de sobornos cruzaron hacia Perú.
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Hace un año se terminó de construir la megacarretera Interoceánica Sur de 5 mil 404 kilómetros de largo que conecta al Pacífico peruano con el Atlántico brasileño. Con ella nacieron cientos de oportunidades de riqueza y desarrollo, pero también grandes desafíos ambientales y sociales. La carretera abrió un vasto sector de la selva más apreciada del planeta a la economía mundial.

Miles de personas están llegando a habitarla, y algunos otros a montar sus negocios desde países como China, Rusia, Francia, México o Chile. La triple frontera de Brasil, Perú y Bolivia, otrora poblada solo de árboles centenarios, vida salvaje, y unos 100 mil habitantes en sus sectores más conservados, se llenaron de ruido: la música de los pueblos nuevos, el zumbido de las motosierras, el bullicio de los comercios de toda índole y el estruendo de potentes motores arrancándole el oro que oculta su tierra roja.

Brasil, la sexta economía del mundo, fue el promotor de la obra, pues necesitaba una línea directa para sacar sus productos hacia los ricos mercados asiáticos por el Pacífico. También era una manera de integrar las ciudades más remotas de cada uno de estos tres países: Puerto Maldonado, en Perú; Cobija, en Bolivia; y Río Branco, en Brasil.

En esta triple frontera selvática, tres fuerzas se disputan el desarrollo: los conservacionistas, quienes quieren que el Amazonas siga intacto y solo sirva a los investigadores y al turismo ecológico, y sus frutos naturales sean el sustento de los habitantes tradicionales; los desarrollistas, que creen en la extracción de recursos como la madera y el oro en forma racional, y con un buen control estatal (ven en esos territorios un potencial para expandir la frontera agrícola y ganadera); y los destructores, sobrevivientes unos y criminales otros, quienes extraen los minerales y cortan los árboles sin permiso ni regulación de la autoridad, sobre todo en Perú y Bolivia.

LO BUENO, LO MALO

La carretera conectó la selva con la modernidad y así atrajo a miles de nuevos habitantes en busca de un futuro. Los pequeños y tranquilos pueblos no alcanzaron a prepararse para la inmigración masiva que los ha hecho crecer de repente. En los últimos cinco años, el tiempo en que la carretera se construyó, sus otrora pequeñas poblaciones han duplicado el número de sus habitantes como es el caso de Puerto Maldonado: hoy se ve en apuros para acomodar a sus 200 mil ocupantes. No cuentan con los servicios necesarios; el hacinamiento y la mala vida incrementó el crimen. La interconexión también le abrió el paso al narcotráfico y a la trata de personas en un espiral de ilegalidad y caos que según lo reconocen las autoridades locales amenaza seriamente a la, en otro tiempo, tranquila región.

La Interoceánica es como un cordel que entreteje todas estas realidades.

Mientras tanto, el intercambio comercial, su principal razón de existir, apenas empieza a dar resultados. La actividad mercantil es más fruto de la integración de estas poblaciones aisladas hasta ahora, que del intercambio transnacional. En la región, la pujante economía de Brasil es la que impone el paso. Ante los retos que existen, el dinamismo de varias organizaciones de la sociedad civil contrasta con la presencia estatal que luce bastante tímida. Al igual que el insuficiente rol del Banco de Desarrollo de América Latina (antes Corporación Andina de Fomento –CAF) uno de los principales financiadores de la megaobra, y que tiene como misión promover el desarrollo.

Proyectos de esta magnitud son un buen espacio para transformaciones emblemáticas en el continente. No repetir los errores que América Latina ha cometido en el pasado es clave para evitar que se profundicen la inequidad y la pobreza. Hacer las cosas con los mínimos presupuestos posibles significa perder oportunidades para saltos reales en el desarrollo de la región, y puede convertir grandes intervenciones como la Interoceánica, en punta de lanza de una lastimosa devastación social y ambiental.

SOBRE ESTE ESPECIAL

La Autopista de la Selva es un reportaje hecho por CONNECTAS, una nueva plataforma periodística interesada en los temas claves para el desarrollo de las Américas, con una perspectiva transnacional. Es liderada por el periodista colombiano Carlos Eduardo Huertas, luego de su estadía en la Universidad de Harvard como becario Knight-Nieman.

Para este especial publicado en Guatemala en alianza con elPeriódico, se recorrieron cerca de 700 kilómetros de la Interoceánica, en el tramo que une a las poblaciones más importantes del sureste de la amazonía. Por medio de esta serie publicada a partir de mañana en elPeriódico.com durante cinco días consecutivos, podrá encontrar diferentes historias sobre los cambios que la Autopista está trayendo en el medio ambiente y en la vida de la gente. Para concer más sobre esta iniciativa se puede consultar en www.connectas.org

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